miércoles 2 de septiembre de 2009

Nada que decir

lunes 31 de agosto de 2009

Incendio en el Concejo

Cuando pensé el título de esta columna una camión de bomberos pasaba por cerca de casa haciendo sonar su sirena a más no poder. Pensé dos cosas: la situación incontrolable de los incendios en la provincia de Córdoba y no pude dejar de asociarla con la dura pelea política que protagoniza el radicalismo local en el Concejo de Representantes. Inmediatamente, se me cruzó la imagen de Nerón ordenando quemar Roma hasta transformarla en cenizas. La metáfora de incendio en el Concejo tiene un significado político, obviamente. Pero si uno observa detenidamente lo que está pasando no puede dejar de pensar en que quienes están en medio de esta compulsa no tienen en cuenta el daño institucional que puede acarrear la pelea al cuerpo legislativo. Es como quemar aún más los cimientos de una institución que, como el resto de las bases de la democracia, está sumida en el descrédito de la población a partir del incendio que vivió el país en 2001. Son pocos los que se han puesto a pensar que lo que pasó ese año todavía no se disipó y se mueven en el poder como si nada hubiera pasado y como si el “que se vayan todos” hubiera sido sólo una advertencia débil del pueblo.
La pelea es personal y cuerpo a cuerpo el Concejo. No hay motivaciones políticas de fondo, no hay ideología, no hay fundamentos teóricos y profundos que le den sustento. Porque, tanto en la política como en la vida misma, en ocasiones hay que dar peleas, no hay que quedarse sentado y hay que luchar por las ideas propias. Pero en este caso no se trata de ideas ni de métodos. Sí de cuestiones personales y de ambiciones de poder que quedaron heridas tras una compulsa que incluyó operaciones mediáticas y en la que se utilizaron maniobras de todo tipo.
Lo cierto es que, en el ánimo de derrotar al rival, el fósforo encendido se transformó en un incendio de magnitud que va a ser muy difícil de sofocar. “Donde hubo fuego, cenizas quedan”, dice la canción. Pero el fuego sigue en el Concejo y no hay bomberos para apagarlo.
La pelea por los espacios de poder que dejará el felpetismo cuando termine el actual mandato en 2011 se encamina a ser similar, para desgracia nuestra, de los carlospacenses.
El encarnizamiento que vemos en algunos políticos locales por ocupar lugares sin mirar a los aliados y tampoco a los rivales nos muestra cómo la política argentina ha cambiado las ideas por un pragmatismo vacuo y sin sustento.
Las bases de nuestra democracia joven tienen demasiada arena movediza y hay pocos próceres que den pasos al costado, gestos de grandeza o renunciamientos en pos de la perdurabilidad del sistema. El diccionario político argentino parece haber borrado con liquid paper esos conceptos que llenan algunos libros de nuestra historia.
El incendio está, por ahora, focalizado en el Concejo. Pero el viento de este agosto que ya termina es traicionero y puede hacer variar el rumbo de las llamas.

Publicado por el semanario La Jornada el 30 de agosto de 2009.

domingo 23 de agosto de 2009

Hasta cuándo vamos a ser un país poco serio

“Hay más muertos”, dice un eléctrico conductor de programa de radio matinal. “En un país en serio, a los negros piqueteros los matan a palos, como a Martin Luther King”, vocifera un oyente adepto a los espasmódicos relatos de furia de locutor. Luego, el típico informe del tránsito detalla la grilla de manifestaciones, protestas, cortes de calle y hasta alerta sobre los peligros de conducirse en un VW Gol color rojo. Minutos después otro oyente exasperado grita su odio por el 6 a 1 con Bolivia y le pide al “montonero Macaya Marquez” que “re-nun-cie”. “Siguen los muertos”, repite el locutor que a cada minuto insiste en que somos un país poco serio. En realidad el programa es una muestra irónica del ciclo radial que Diego Capusotto tiene en la Rock & Pop y en poco se tiempo se transformó en una verdadera pieza periodística digna de estudio. Es que, aunque sea en broma, en este caso muchas veces la realidad supera con creces a la ficción. Un zapping radial nos permite escuchar cosas peores que las dichas por Capusotto con ánimo de mostrar el mensaje que tiran algunas radios con total impunidad. Se dice que lo que se dice en radio pasa rápido por eso no importa lo que se diga. La repetición del verbo es a propósito y me sirve para remarcar que para decir en radio, en televisión, en gráfica, hay que tener el mismo sentido de la responsabilidad. La opinión debe estar anclada en pensamientos claros y, sin ánimo de hacer de esta columna un glosario de buena conducta periodística, lo bueno sería advertir a oyentes-televidentes-lectores que no deben creer todo lo que escuchan-ven-leen. Estos tiempos, donde cualquier persona tiene derecho a tomar un micrófono y decir todo lo que cree y piensa, son de democracia. Es cierto, es una democracia débil, joven y en conformación, pero sin ella nadie podría decir lo que piensa en ningún lado. Por eso cuando escucho gente que pide palos para los manifestantes (si son pobres, mejor) y, por otro lado, veo que esa gente poco dice de otros manifestantes más ricos, pienso en que esa “mano dura” es para algunos, para los que “nos joden a nosotros, los que estamos un poquito más arriba”. Eso sí, cuando la protesta viene de empresarios, productores, gente como uno, hay que apoyarlos porque esos sí son los que generan la riqueza del país. ¿Y los pobres? O acaso hablamos de los pobres cuando aparecen en la foto de la primera plana el día en que al Papa se le ocurre decir que existen. Pobres también son los que caen en el paco y se pierden. Pobres son los que salen a robar porque están jugados y matan porque están jugados. Pobres son los que nacieron pobres y posiblemente no puedan salir de esa pobreza porque: ¿alguien les da una mano de verdad? En Argentina ser pobre es ser “negro de mierda” por más que digamos hasta el cansancio que no somos un país racista porque (falta decir “Gracias a Dios), no tenemos negros de piel. La respuesta es: si los hay, están en Buenos Aires y también corren por nuestra sangre. Pero ese es otro debate.
Aquí no es necesario entrar en la discusión de la “apología” del delito. No es que esté justificando la muerte de gente inocente, de policías en cumplimiento del deber. Tampoco justifico la muerte de “delincuentes” en mano de policías o de justicieros anónimos. Lo que quiero plantear es que como sociedad debemos sacarnos la careta. Porque si nadie quiere ceder un céntimo de lo que tiene, de lo que consiguió “en buena ley”, si preferimos encerrarnos en nuestra historia y no ver el mundo que está a nuestro alrededor, es absolutamente natural que no queramos mezclarnos con los que no son “gente como uno”. Eso sí, al ratito, si alguien que no es como nosotros se mete en “nuestro mundo” para sacarnos algo que es “nuestro”, pedimos cadena perpetua. Eso sí, si es un “amigo” que cayó por “evasión”, “corrupción” o cualquier delito de “guante blanco”, hasta podemos perdonarlo.

martes 30 de septiembre de 2008

Defendidos o abandonados


Los paralelismos a veces sirven para comparar situaciones, para vislumbrar ejemplos que contribuyen a trazar un análisis acabado de situaciones que se dan en diferentes ámbitos. Así, la conflictiva y polémica designación del defensor del Pueblo de la Provincia marca un punto de referencia para entender cómo a veces los acuerdos políticos que se hacen tras bambalinas terminan por echar por tierra el significado trascendental que tiene esta institución.
Así como lo planteamos en el informe que habla de este tema en esta edición de La Jornada, la Defensoría del Pueblo es uno de los elementos que permiten darle una mayor participación en los andamiajes de la democracia al ciudadano común. Así, cuando ve cercenado algunos de sus derechos o toma conocimiento de irregularidades en el manejo de la administración pública, el ciudadano (usted, yo) puede acudir a la Defensoría para interponer recursos y que agilizar el cumplimiento de sus reclamos.
Pero la serie de acusaciones cruzadas que surgieron a partir de la designación por parte de la Legislatura de Mario De Cara como defensor del Pueblo de Córdoba, pusieron en tela de juicio toda la institución dejando un alo de sospecha en la opinión pública que será difícil de remontar.
El propio radicalismo le está pidiendo a De Cara que dé un paso al costado. El dirigente de Punilla llegó al puesto a partir de un acuerdo entre los bloques de Unión por Córdoba y la UCR en la Legislatura pero su propio partido está cuestionando esa designación.
A su vez, los medios provinciales comenzaron a divulgar información sobre supuestos actos de corrupción cometidos por el ahora ombudsman provincial.
Nada contribuye a que quien tendría que defender al ciudadano como usted y yo esté libre de accionar contra las mismas estructuras que lo llevaron al puesto.
Es por eso que, de alguna manera, el sistema elegido en Carlos Paz en el que el ombudsman debe ser elegido por el voto popular. Cuesta plata, pero es una forma más transparente de hacerlo.

En defensa. Lo sucedido en Carlos Paz no dista demasiado de lo que pasa en Córdoba. El paralelismo en este caso tiene que ver con la forma en que los distintos partidos, dirigentes y vecinos comunes, se comenzaron a mover para intervenir en los comicios y lograr transformarse en el defensor de todos nosotros.
Hay muy buenas intenciones pero, a su vez, quedan a la vista ambiciones personales que poco tienen que ver con la idea de defender a la gente. Si es por un sueldo, que será igual al del intendente (unos 9 mil pesos), todo se desnaturaliza.
No hay que confundir ni plantear objeciones al monto que quizás sea un elemento menor a la hora de analizar el tema. Hay que ir más al fondo y ahondar en la verdadera necesidad de que la ciudad cuente con un organismo intermedio al que recurrir, desprovisto de ideologías político-partidarias, pero empapado de la problemática de la gente.
Lo lamentable es que, así como sucede con otras instituciones de la democracia, se busque un puesto de cualquier forma y con el mero objetivo de acaparar poder, ocupar espacios y ganar dinero.

jueves 25 de septiembre de 2008

La mejor primavera

Todos esperábamos la primavera para verla. Salía poco en el pueblo. Del colegio a casa, de casa al colegio y los fines de semana partía hacia la ciudad donde su belleza se nos escapaba, se hacía ilusoria, fantástica por lo que la imaginábamos en desfiles de moda de la alta sociedad o en reuniones empresariales o en cualquier situación lejana a nuestras pretensiones. Para nosotros, todos hijos de mineros en un pueblo donde la cal se nos notaba en el pelo, ella era un ser inalcanzable y un objeto de devoción.
Por eso, los 21 de setiembre tenían para nosotros un significado especial, una plusvalía que por momentos llegaba a opacar nuestra euforia por los festejos del día del estudiante.
Ese día amaneció con llovizna y un frío de cagarse. El negro Juan pasó a buscarme para que fuéramos al campeonato de fútbol que se hacía en la canchita de la entrada del pueblo. No se suspendía por mal tiempo y a la distancia hoy no entiendo cómo hacíamos para aguantar esa escarcha en la cara pegándonos latigazos ante cada avance hacia el arco rival.
Juan se acercó y me dijo:
- ¿Quién saldrá reina en el baile de esta noche?
- Y quién va a ser – le respondí –, Ana.
Era una obviedad, un resultado cantado. Es como que llegara un combinado de Boca y River a jugar contra el club local: goleada segura, no había otra resolución posible que la entronización de la chica que habitaba nuestros sueños.
Era alta, rubia y su cuerpo, imponente: tanto que provocaba una mezcla de admiración y temor.
Con Juan teníamos contadas las veces en que habíamos cruzado alguna palabra con ella y las repetíamos como un rosario. Eran diálogos cortos, insignificantes: algún “hola, cómo andás”; un mensaje para alguna amiga u otras cosas sin importancia que para nosotros adquirían una relevancia notable por el sólo hecho de que nos cruzara una palabra, una mirada.
Terminamos maltrechos del campeonato pero a las 9 de la noche estábamos prestos, con nuestra mejor ropa, en la puerta del club, pagando la entrada para el baile en el que se hacía la elección.
El negro Juan se me acercó y me susurró:
- No la veo a Ana.
- Yo tampoco, le dije.
La desesperación comenzó a corrernos por el cuerpo y empezamos a caminar entre la multitud intentando encontrarla en medio de alguna ronda o detrás de algún grandote. Pero no; no estaba en ninguna parte.
Al poco rato el locutor oficial de la primavera, Carluncho González, comenzó a anunciar el inminente inicio del certamen. Detrás del escenario, las participantes ya se preparaban para subir. Eran bonitas, sí. Pero a nosotros nos parecían nada al lado de Ana.
Salimos a buscarla afuera del club y sin darnos cuenta nos vimos corriendo por las calles del pueblo, rumbo a su casa.
Nos asomamos por la ventana y vimos que su padre la estaba regañando. Ella estaba con un vestido blanco, lista para la fiesta, pero no iba a ir, la penitencia era brutal; para ella y para nosotros.
Con Juan nunca fuimos valientes. Éramos de los que se sentaban en los últimos bancos del cole para pasar inadvertidos para los profes, y no nos gustaban los líos.
Esa noche sacamos valor de alguna parte. Nos acercamos a la ventana de la habitación de Ana, la vimos llorar con la cabeza hundida en los almohadones de su cama. Y no dudamos en golpear suavemente el vidrio. Ana se incorporó, caminó hacia nosotros, abrió los postigos y sonrió. Fueron segundos de gloria, que recordaríamos por año con mi amigo, el negro Juan.
- Vamos, vamos Ana, la elección está por empezar; le dije.
Ella no dudó y saltó hacia el patio. Corrimos las siete cuadras como si fuera la recta final de una maratón. Ella iba descalza con los zapatos de taco aguja en las manos.
Cuando llegamos al club, Carluncho estaba a punto de presentar a las concursantes. Conducimos a Ana entre la multitud y llegamos hasta el escenario. Antes de subir, ella nos miró, nos dio un beso a cada uno y nos dijo:
- Gracias chicos, nunca me voy a olvidar de esto.
Fue nuestra mejor primavera.

Publicado en el semanario La Jornada el 21 de setiembre de 2008.