
Pasó otra vez. Las cacerolas salieron de las alacenas y volvieron a las calles para protestar. ¿Fue la clase media? ¿Fue Barrio Norte de la Capital Federal? ¿Fue Nueva Córdoba en nuestra Capital? ¿Quiénes fueron los citadinos que salieron a las calles a apoyar la protesta del campo por las incremento de las retenciones impulsado por el Gobierno nacional y a rechazar el duro discurso pronunciado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante un auditorio siempre dispuesto a aplaudir sus dotes de oradora profesional?
Lo cierto es que una vez más la sociedad argentina se vio fragmentada entre quienes apoyan las medidas del Gobierno, que quedó jaqueado ante una protesta histórica que algunos llaman paro y otros bloqueo, y las demandas del campo entre las que se mezclan las de los grandes terratenientes y la de los pequeños productores que se vieron beneficiados por el boom sojero de los últimos años.
El transitorio levantamiento del paro trajo tranquilidad a todos los sectores: unos, los productores, ya mostraban signos del cansancio y de exaltación de tanto tener que pelear con los camioneros y particulares que querían atravesar los cortes. En la Casa Rosada, la ¿inesperada? reacción popular dejó mal parados a varios funcionarios del Gobierno y melló la imagen positiva de la Presidenta.
En el fondo de este conflicto está, en cierta medida, una fragmentación en la que se suele caer en el país cuando surge un conflicto que tiene que ver con la economía.
No están en el mismo nivel, pero fue tan exagerado el pedido de “que se vayan todos”, como exacerbado, brutal y desubicado el patoterismo que mostró el piquetero pro gobierno Luis D´Elía, golpeando a quienes manifestaban pacíficamente en la Plaza de Mayo contra el primer discurso de la Presidenta.
El jueves, las palabras de Cristina fueron un tanto más conciliadoras y abrieron un espacio para el diálogo, algo que venían reclamando las entidades del agro y hasta los mismos intendentes peronistas del interior.
Pero esta semana volvimos a tener miedo a que todo se fuera de sus cabales. Volvió el temor a una escalada de saqueos como la que terminó con la caída del gobierno de Fernando De la Rúa y el desabastecimiento preocupó a las amas de casa que tuvieron que ingeniárselas para hacer la comida de todos los días.
Y cuando la cotidianeidad se ve afectada, parece que todo se cae al piso.
La instancia de diálogo que parece haberse abierto ahora es una posibilidad para que las dos partes en pugna se pongan a trabajar en pos de un acuerdo que tenga sustento en el tiempo. De un lado, la soberbia con que algunos funcionarios del Gobierno critican a los sectores del campo debería dejar paso a la diplomacia ya que muchos de los votos que llevaron a Cristina a la Presidencia provinieron de personas que esta vez estuvieron en los piquetes protestando. Del otro, los ánimos del campo deben inclinarse a tender puentes con otros sectores de la sociedad para que el reclamo sea conjunto y para que se quiera cambiar la realidad de una sola parte de la economía nacional, importante por cierto.
Son pocos los que hablaron de la necesidad de una reforma agraria, de un reparto más equitativo de la riqueza, de producir cambios que repercutan en todos y no en unos pocos y de avanzar hacia una república verdaderamente pluralista. Porque tanto en el reclamo económico puntual de los productores rurales como en el mensaje del Gobierno, está metida la política propiamente dicha como elemento esencial para cambiar la realidad.
Además de las imágenes de 2001, a algunos más memoriosos, la pelea entre el Gobierno y el campo les recordó la vieja pugna que enfrentó al general Juan Domingo Perón con los sectores terratenientes.
Lo cierto es que hay divisiones que nunca se han curado y que parecen florecer cada vez que se plantea una crisis.
